La subasta del siglo

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Dios te guarde, queridísimo lector, del nefasto pecado de la bibliofilia. Y si caes, date por perdido. Codiciarás el ejemplar del vecino por medio centímetro de margen y siempre encontrarás entre tus libros una mancha de humedad, una falta, un hueco, que hará que contemplar tu biblioteca se convierta en un doloroso placer. Has de saber que una colección nunca está completa.

Un buen conocedor del vicio, seguramente otro infectado, envió en el verano de 1840 un pequeño catálogo de dieciséis páginas a los mayores coleccionistas de libros de Europa. Contaba la historia de Jean Népomucène-Auguste Pichauld, conde de Fortsas, el más sibarita de los bibliomaníacos que en el mundo han sido. La norma para alojarse en la selecta biblioteca del conde era muy sencilla: sólo cabían ejemplares únicos. Si al conde llegaban noticias de otro libro igual, vendía el suyo, lo regalaba o –refinamiento inconcebible para un bibliópata– lo destruía. Sufrió un duro golpe cuando la publicación de cierto documentado libro de referencia redujo sus posesiones en un tercio…Lee más...