La culta caravana

Cuentan quienes saben de esto, que Abū al-Qāsim Ismāīl Ibn Abbād Ibn al-Abbās Ibn Abbād Ibn Ahmad Ibn Idrīs –permíteme, paciente lector, llamarlo Ibn Abbād para el buen gobierno de nuestra historia– nació el catorce de septiembre de 938 en la ciudad de Istakhr, en Persia. Hijo y nieto de visires, su buena estrella le sirvió bien desde la cuna. Quedó huérfano muy chico y fue criado por el emir, que lo educó por lealtad a su padre. Pronto desarrolló la suprema habilidad de caminar un paso por detrás de quien más puede, pero nunca tan cerca que su presencia fuera considerada inoportuna. La inteligencia es un equipaje embarazoso, tan difícil de ocultar como su falta. Aprendió rápido a escribir con hermosa letra, a rimar versos y a redactar floridas cartas, tareas propias de un escriba, y se inició en el sutil arte de leer en los ojos del prójimo, que es cosa de hombres de mundo. A los veinte años, Ibn Abbād marchó a Bagdag…
Lee más...El primer Corán

Si exceptuamos la creciente secta de los ateos (y desdeñamos, por tibios, al informe rebaño de los agnósticos), la mayoría de los creyentes que caminan sobre la Tierra son seguidores de alguna de las religiones del libro. Están los judíos que siguen la Torá y barajan el Zóhar, que contiene el verdadero nombre de Dios. Los cristianos, por su parte, leen la Biblia, que no es sólo un libro sino toda una literatura. Pero los más afortunados son los musulmanes, porque tienen el Corán…
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