Mascarada para un crimen

Había una vez un inglés que quería volver a sentir el precioso vértigo de la niñez. ¿La recuerdas, lector? Aquella sensación de invencibilidad con la camisa al viento. Cuando un palo largo o unos vidrios de colores eran un tesoro, y una tarde de juegos se volvía eterna, muriendo o matando, orinando en un hormiguero o arreglando a pedradas las misteriosas afrentas que enfrentaban a los chavales de un barrio con los vecinos de otro. Kit Williams sí que se acordaba porque era un soñador. Así que imaginó un cuento infantil que atrapara la mente del que lo abriera, y que obligara a pasar las páginas una y otra vez para no perder detalle. Luego forjó una preciosa joya de oro…Lee más...
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Los tentadores papeles de Beale

Nuestra historia comienza con un fogonazo de luz. Es la puerta del Hotel Washington, en la virginiana ciudad de Lynchburg, que gira para franquear el paso a un forastero guapo, moreno y misterioso, como los de leyenda. Tres meses estuvo alojado, y las mujeres que cloqueaban junto a Robert Morriss, el dueño del hotel, apenas consiguieron sonsacar su nombre. Un buen día el señor Thomas J. Beale –pues así se llamaba– montó su caballo, picó espuelas, y marchó al trote por donde había venido. Su ausencia dejó un poso de expectación y aventura que quedó flotando, nostálgico, en la atmósfera del pequeño hotel. Pero para sorpresa de Morriss y alegría de sus huéspedes, el jinete volvió dos años después. Cargaba con una sólida caja de hierro que confió al dueño del hotel advirtiéndole que su interior guardaba papeles de suma importancia. Como en los cuentos, otros tres meses pasaron y el forastero volvió a desaparecer, esta vez para siempre. El señor Morriss se rascó la cabeza, dio una patadita a la caja, y la guardó a buen recaudo…Lee más...
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