Martes 3 de junio de 1997, a las dos y cuarto


Conocí a Enoch Soames en la Antología de la literatura fantástica pactada entre Borges, Bioy y Ocampo. Todas las selecciones tiene algo de injusto por lo que incluyen, por lo que desdeñan, por los desprecios que se atreven o renuncian a cometer. La imparcialidad pasaría por incluirlo todo o resignarse a que el azar decida. Pese a ello –tal vez por ello mismo–, esta antología es muy disfrutable. Alberga algunos de los mejores cuentos de Cortázar, de Borges, de Kafka, de Maupassant o de Kipling. No me avergüenza decir que Enoch Soames es mi favorito. Su autor se llamaba Max Beerbohm, un caricaturista con talento para la escritura o un dibujante con aptitudes literarias, tanto da. En cualquier caso, uno de esos felices escritores segundones que perpetran un cuento perfecto. El mismo Borges se encargó de traducirlo, y uno intuye que durante el trasvase, el cuento fue sutilmente mejorado…

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La Biblia Satánica

Como todas las religiones, el satanismo requiere una participación activa del que la practica. Exige creer en el diablo, en la verdadera naturaleza del mal y en una misteriosa existencia fuera de la breve duración de la vida de los hombres. Más razonable, más tranquila, infinitamente más accesible, la iglesia fundada por Anton Szandor LaVey sólo pide a sus fieles dejarse llevar.

Howard Stanton Levey nació en Chicago en 1930 en el seno de una anodina familia de escaso fervor religioso. Su padre fue un oscuro vendedor dedicado a la compraventa de repuestos de automóviles. Su madre provenía del interminable aluvión que emigró a los Estados Unidos buscando una nueva oportunidad. Más tarde LaVey fantaseó con una imaginaria abuela gitana que le introdujo en el lado oscuro, contándole historias de hombres lobo y vampiros. Cuando la familia emigró a California, el muchacho apenas se distinguía de todos los adolescentes del mundo: era tímido, mal bailarín e impopular entre las chicas…Lee más...
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La guerra mágica de Monsieur Berbiguier

Los hay desgraciados, tremendamente desgraciados y luego está la triste historia de Alexis Berbiguier. Calvino afirmaba que hay hombres condenados desde su nacimiento. Hombres como yo o tal vez como tú, lector. Y tanto da lo que hagan, sientan o piensen, que acabarán aullando en el fuego eterno del infierno. Un católico encontrará esta idea difícil de digerir. Digamos entonces, para que todos lo entiendan, que Alexis Berbiguier estaba maldito. Y tampoco estaba loco. No señor. De crío, nada distinguía su llanto del de los demás. Cuando jugaba con otros niños, cuando besó a su primera novia, en todo era igual a nosotros. Su vida transcurría vulgar hasta que aquello sucedió.

Nuestro gentilhombre era de buena familia, y no fue hasta cumplidos los treinta cuando abandonó su pueblo natal de Carpentras para establecerse en Aviñón. Allí contrató como criada a una muchacha llamada Jeanneton, que no tardó en proponerle una tirada de cartas del tarot. Berbiguier se avino de mala gana a tratar con una adivinadora apodada la Mançot, y participar en lo que parecía una inofensiva sesión de magia doméstica a base de…Lee más...
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El demonio de las erratas

Una mañana, hace ya demasiado tiempo, los lectores del periódico más beato de Córdoba se desayunaron con un titular a toda plana que atragantó el café a más de uno. La víspera se habían celebrado con gran afluencia de público los fastos de la Purísima Concepción. Bastó una travesura, una juguetona t que acudió donde no debía, para que despidieran sin posibilidad de readmisión al corrector y a un alto cargo del periódico. Y es que las erratas son viejas conocidas de literatos e impresores. Los correctores puntillosos distinguen entre erratas si son de infantería, gazapos cuando abruman el texto, moscas si cubren abundantes la superficie de la página, y lapsus cálami, que nacen por un error del que escribe. Luis Cernuda decía de ellas que eran la caries de los renglones. Alfonso Reyes las llamó "lepra connatural del plomo". Para José Martínez de Sousa son, simplemente, heridas en el texto.

De esas heridas da fe un periodista que escribió una loa a la hija del dueño de su periódico. Terminaba así…
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