La terrible secta de los ciegos

ernesto_sabato
En aquel entonces, Ernesto Sábato no era el hombre que luego fue. A sus veintisiete años el argentino tenía un futuro brillante como investigador: era doctor en Ciencias Físico-matemáticas y estaba becado a petición de un premio Nobel en el Laboratorio Curie de París. Su presente, en cambio, era más oscuro. De día buscaba cómo bombardear el átomo de uranio, pero al acabar la jornada, el científico –que sabía muy bien que la ciencia es una mujer celosa– se quitaba la bata, se aflojaba la corbata y se corrompía con los surrealistas. Mientras deliraba en los cafés, imaginaba una novela –La fuente muda–, olfateaba con ansia el olor a trementina y envidiaba los bártulos de pintar y la libertad que él no podía apurar por un matrimonio, una paternidad reciente y un trabajo de horario fijo…Lee más...