El demonio de las erratas

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Una mañana, hace ya demasiado tiempo, los lectores del periódico más beato de Córdoba se desayunaron con un titular a toda plana que atragantó el café a más de uno. La víspera se habían celebrado con gran afluencia de público los fastos de la Purísima Concepción. Bastó una travesura, una juguetona t que acudió donde no debía, para que despidieran sin posibilidad de readmisión al corrector y a un alto cargo del periódico. Y es que las erratas son viejas conocidas de literatos e impresores. Los correctores puntillosos distinguen entre erratas si son de infantería, gazapos cuando abruman el texto, moscas si cubren abundantes la superficie de la página, y lapsus cálami, que nacen por un error del que escribe. Luis Cernuda decía de ellas que eran la caries de los renglones. Alfonso Reyes las llamó "lepra connatural del plomo". Para José Martínez de Sousa son, simplemente, heridas en el texto.

De esas heridas da fe un periodista que escribió una loa a la hija del dueño de su periódico. Terminaba así…
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