31/03/09 20:10
La condesa de San Agnes se moría. ¿Qué tenía la condesa? Agonizaba de tisis tendida lánguida entre almohadones y puntillas, blanca como el alabastro, casi translúcida. Lo sabía el servicio, que se había retirado al rincón más lejano de la casa a lavar sábanas y limpiar la plata. Lo sabía el marido, hosco y silencioso, que aparentaba llorar en la habitación de al lado. Y lo sabía el doctor Ravaud, que aguardaba el desenlace entre aburrido y conmovido, mientras caminaba a pasitos por la habitación siguiendo con la punta del zapato el dibujo de la alfombra.
"Señor…", boqueó la condesa,
"…debo confesarle algo".
El doctor era joven y apasionado, y en dos grandes zancadas acercó su cara al rostro de ella para escuchar mejor. Atendió al bisbiseo durante un minuto, tal vez dos, y de repente se irguió como un resorte –¿he dicho ya que era joven y romántico?– para exclamar indignado
"¡Pero de ninguna manera, señora! ¡No, no!" …
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