Joseph y el ángel

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Todos los granjeros en cincuenta millas a la redonda sabían de las habilidades del chico de los Smith. Las vecinas del pueblo, que le habían comprado tartas y cerveza cuando era pequeño, contaban a quien quisiera escucharlas que con la ayuda de sus maravillosas piedras podía adivinar el escondrijo de cualquier cosa. Joseph intuía la escurridiza presencia de cofres de oro ocultos bajo tierra o de antiguas minas de plata explotadas por españoles; incluso le habían visto presentir el minúsculo rastro dejado por un mondadientes extraviado entre la paja del suelo. Una cuadrilla excavó por todo el condado, pero su entusiasmo pronto disminuyó en proporción directa al volumen de tierra desplazada. Parecía que los poderes de Joseph no bastaban para dar el paso final. Siempre había un hechizo demasiado poderoso que ocultaba el lugar exacto del tesoro o éste se negaba a manifestarse por no haber sabido tener la boca cerrada. A pesar de estas señales, nadie supuso que aquel chico de diecisiete años iba a ser el elegido…
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Papeles proféticos

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Uno se sienta ante la inmensa planicie del papel blanco y convoca gente. Les imagina un rostro y un carácter, piensa en el color de sus cabellos o en sus gustos a la mesa. A veces cavila cómo fueron sus padres o los hijos que tendrán, las pequeñas cosas que les hace felices y las grandes que detestan profundamente. Entonces los engranajes ruedan y de pronto algo hace clic, sabes que ahí hay algo, y empiezas a escribir. Siempre ha sido así.

Swift utilizó el mismo procedimiento para enviar al cirujano Lemuel Gulliver a la isla flotante de Laputa, donde imaginó una sociedad tan avanzada que ningún descubrimiento científico les estaba vedado. Uno de los muchos hallazgos de sus habitantes fueron dos pequeños satélites que orbitan alrededor de Marte. Describieron también su tamaño aproximado y su trayectoria, y se acercaron sorprendentemente a la realidad ciento cincuenta años antes de que fueran descubiertos. Hoy llamamos a esas dos lunas Fobos y Deimos…Lee más...

La subasta del siglo

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Dios te guarde, queridísimo lector, del nefasto pecado de la bibliofilia. Y si caes, date por perdido. Codiciarás el ejemplar del vecino por medio centímetro de margen y siempre encontrarás entre tus libros una mancha de humedad, una falta, un hueco, que hará que contemplar tu biblioteca se convierta en un doloroso placer. Has de saber que una colección nunca está completa.

Un buen conocedor del vicio, seguramente otro infectado, envió en el verano de 1840 un pequeño catálogo de dieciséis páginas a los mayores coleccionistas de libros de Europa. Contaba la historia de Jean Népomucène-Auguste Pichauld, conde de Fortsas, el más sibarita de los bibliomaníacos que en el mundo han sido. La norma para alojarse en la selecta biblioteca del conde era muy sencilla: sólo cabían ejemplares únicos. Si al conde llegaban noticias de otro libro igual, vendía el suyo, lo regalaba o –refinamiento inconcebible para un bibliópata– lo destruía. Sufrió un duro golpe cuando la publicación de cierto documentado libro de referencia redujo sus posesiones en un tercio…Lee más...

La Biblia Satánica

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Como todas las religiones, el satanismo requiere una participación activa del que la practica. Exige creer en el diablo, en la verdadera naturaleza del mal y en una misteriosa existencia fuera de la breve duración de la vida de los hombres. Más razonable, más tranquila, infinitamente más accesible, la iglesia fundada por Anton Szandor LaVey sólo pide a sus fieles dejarse llevar.

Howard Stanton Levey nació en Chicago en 1930 en el seno de una anodina familia de escaso fervor religioso. Su padre fue un oscuro vendedor dedicado a la compraventa de repuestos de automóviles. Su madre provenía del interminable aluvión que emigró a los Estados Unidos buscando una nueva oportunidad. Más tarde LaVey fantaseó con una imaginaria abuela gitana que le introdujo en el lado oscuro, contándole historias de hombres lobo y vampiros. Cuando la familia emigró a California, el muchacho apenas se distinguía de todos los adolescentes del mundo: era tímido, mal bailarín e impopular entre las chicas…Lee más...

Maldición eterna a quien lea estas páginas

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Hacía siglos que buscaban el Libro. Todo empezó como un vago rumor, apenas un cuchicheo de biblioteca. Al principio únicamente se supo el título, De tribus impostoribus –De los tres impostores–. Alguien ensayó un leve argumento; otro consiguió recordar una frase memorable:

Tres personas hay en el mundo que han corrompido a los hombres; un pastor –Moisés–, un médico –Jesús– y un camellero –Mahoma–.

De esta manera comenzó su existencia fantasmal, y no hubo bibliotecario en la cristiandad que no fuera consultado, ni anaquel que no fuera fatigado. Muchos obispos mandaron dar vuelta a los armarios, y los abades más diligentes ordenaron revisar los estantes más oscuros, allá donde ningún monje había alargado su mano el último siglo…Lee más...

El interminable diario de Robert Shields

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Dicen que las grandes empresas se acometen en la primera mitad de la vida, como si después de los cuarenta uno ya no fuera lo que es más lo que podría ser. A partir de esa edad el cuerpo y el alma se fosilizan, convertidos en duros minerales que sólo se muestran tal y como son, poco presente y mucho pasado. Tal vez sea esa la mejor definición de la vejez.

El reverendo Robert Shields no hizo caso de esas señales cuando a los cincuenta y cuatro años inició el proyecto de su vida, escribir el diario de su monótona existencia. El aburrido reverendo se rebeló como un escritor ambicioso, quería un reflejo exacto de todo lo que hacía…Lee más...

Los entierros prematuros

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De entre todos los libros que Lovecraft y compañía soñaron –el Libro de Eibon, los Manuscritos Pnakóticos, el Cultes des Goules, y tantos otros–, sobresale este pequeño volumen por el simple hecho de ser real. De masticatione mortuorum in tumulis, el escrito que Michaël Ranft imaginó en 1725, constituye uno de los hallazgos más felices de toda la literatura. Su autor fue un pastor luterano licenciado en Filosofía, de pluma fácil y múltiples intereses, que encontró en esta obra el éxito de su vida, hasta el punto de tener que ampliarla en sucesivas ediciones.

En aquella época creían que algunos cadáveres no se resignaban a permanecer inmóviles en sus tumbas. Un extraño apetito les obligaba a roer sus mortajas…Lee más...

El otro Shakespeare

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William Henry Ireland echó a andar con mal pie. Su hermano gemelo murió al poco de nacer y desde entonces su padre, el señor Samuel Ireland, acostumbró a llamar al superviviente con el nombre del difunto. Empezar a vivir con un nombre prestado no dice mucho a favor del cariño que se le supone a un padre. Un día el niño volvió a casa con una nota de su maestro en la que decía que era demasiado estúpido para desperdiciar dinero en su educación. Aquel disgusto fue la confirmación de lo que ya sabían en casa: William era tonto. Un tipo de tonto, además, del que nunca podrían esperar nada provechoso. El padre no ocultaba su decepción, y uno adivina el ansia del adolescente al que todo le sale mal en su afán de agradar. Sintiendo haber cumplido con su deber, Samuel Ireland desterró a William al bufete del señor Bringley, donde le esperaba una larga y tediosa vida como escribiente…Lee más...

La guerra mágica de Monsieur Berbiguier

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Los hay desgraciados, tremendamente desgraciados y luego está la triste historia de Alexis Berbiguier. Calvino afirmaba que hay hombres condenados desde su nacimiento. Hombres como yo o tal vez como tú, lector. Y tanto da lo que hagan, sientan o piensen, que acabarán aullando en el fuego eterno del infierno. Un católico encontrará esta idea difícil de digerir. Digamos entonces, para que todos lo entiendan, que Alexis Berbiguier estaba maldito. Y tampoco estaba loco. No señor. De crío, nada distinguía su llanto del de los demás. Cuando jugaba con otros niños, cuando besó a su primera novia, en todo era igual a nosotros. Su vida transcurría vulgar hasta que aquello sucedió.

Nuestro gentilhombre era de buena familia, y no fue hasta cumplidos los treinta cuando abandonó su pueblo natal de Carpentras para establecerse en Aviñón. Allí contrató como criada a una muchacha llamada Jeanneton, que no tardó en proponerle una tirada de cartas del tarot. Berbiguier se avino de mala gana a tratar con una adivinadora apodada la Mançot, y participar en lo que parecía una inofensiva sesión de magia doméstica a base de…Lee más...

El demonio de las erratas

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Una mañana, hace ya demasiado tiempo, los lectores del periódico más beato de Córdoba se desayunaron con un titular a toda plana que atragantó el café a más de uno. La víspera se habían celebrado con gran afluencia de público los fastos de la Purísima Concepción. Bastó una travesura, una juguetona t que acudió donde no debía, para que despidieran sin posibilidad de readmisión al corrector y a un alto cargo del periódico. Y es que las erratas son viejas conocidas de literatos e impresores. Los correctores puntillosos distinguen entre erratas si son de infantería, gazapos cuando abruman el texto, moscas si cubren abundantes la superficie de la página, y lapsus cálami, que nacen por un error del que escribe. Luis Cernuda decía de ellas que eran la caries de los renglones. Alfonso Reyes las llamó "lepra connatural del plomo". Para José Martínez de Sousa son, simplemente, heridas en el texto.

De esas heridas da fe un periodista que escribió una loa a la hija del dueño de su periódico. Terminaba así…
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El evangelio secreto de Marcos

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Hubo un tiempo en el que la teología fue una pasión popular. Entre los siglos I y V de nuestra era, todo Oriente hirvió con la secta de los cristianos y sus mil variantes. Estaban los marcionistas, que afirmaban que el dios de los judíos era un impostor. Los despreciables carpocratianos, practicantes del sexo sin límites. Fatigosos criminales que intentaban recorrer todas las aberraciones para evitar reencarnarse de nuevo. Los valentinianos, que acusaban a Dios de ser un estúpido engendro culpable de nuestro defectuoso universo. Y también los fibionitas, que ingerían su semen diciendo "Éste es el cuerpo de Cristo", y bebían el menstruo de sus mujeres recitando "Ésta es la sangre de Cristo". Los oscuros ofitas, adoradores de la serpiente en sus misas, a la que besaban y veneraban por haber tentado a Eva. Y los cainitas, basilideanos, montanistas, adamitas –que renegaban de su ropa y comulgaban desnudos–, docetas…Lee más...

Un asunto tenebroso

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Ignoramos si los muertos nos prestan mucha atención, lo que es seguro es que los vivos los vigilamos de reojo. Nos fascinan por su estado mineral y esa mezcla de tozudez y resignación. Nos atrae su porción de eternidad recién adquirida. Cavilamos sobre sus nuevos gustos y costumbres, tal vez delicados o tal vez repugnantes. Nos preguntamos a qué dedican sus interminables horas tumbados, ahora que son dueños del tiempo, siempre acostados boca arriba, escuchando el levísimo crujido de las tablas y el lento acomodo de la tierra en las grietas del ataúd. Y si aún aman, odian o padecen. Esta historia va por ellos…

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El otro hombre que pudo reinar

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Pocas, muy pocas, son las historias animadas por el auténtico espíritu de la aventura. El hombre que pudo reinar es una de ellas, con ese sabor acre e inconfundible que hace que la vida merezca la pena vivirse. Kipling la soñó en 1888, y desde entonces ha sido uno de esos cuentos inmortales que ha robado el corazón a cualquier lector. Empieza con el trato entre dos ingleses de temple. Dos buscavidas que han sido fotógrafos ambulantes, marineros, chantajistas, maquinistas de tren y soldados –siempre caballeros de fortuna–, para convertirse en reyes de Kafiristán. Así que abandonan la India con veinte rifles escondidos en el equipaje de sus camellos, y escalan montañas o cruzan desiertos, hasta poner el pie en lejanos valles, donde ningún hombre blanco ha caminado en dos mil años…Lee más...

Mascarada para un crimen

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Había una vez un inglés que quería volver a sentir el precioso vértigo de la niñez. ¿La recuerdas, lector? Aquella sensación de invencibilidad con la camisa al viento. Cuando un palo largo o unos vidrios de colores eran un tesoro, y una tarde de juegos se volvía eterna, muriendo o matando, orinando en un hormiguero o arreglando a pedradas las misteriosas afrentas que enfrentaban a los chavales de un barrio con los vecinos de otro. Kit Williams sí que se acordaba porque era un soñador. Así que imaginó un cuento infantil que atrapara la mente del que lo abriera, y que obligara a pasar las páginas una y otra vez para no perder detalle. Luego forjó una preciosa joya de oro…Lee más...

El libro viviente de los sijs

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Nanak Dev meditaba con tristeza acerca del odio que se profesaban hindúes y musulmanes. Tres días de retiro le bastaron para solucionar el problema, pues añadió una nueva religión al amplio catálogo de creencias que los hombres nos hemos dado. Nanak se convirtió desde entonces en el primer gurú de los sijs, una religión que ha crecido frondosa hasta ser la quinta del mundo en…Lee más...

El obsesivo Codex Seraphinianus

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No todos los libros misteriosos provienen de épocas remotas o de lugares maravillosos. El autor del Codex Seraphinianus todavía camina entre nosotros y a sus sesenta años, aún se refleja en las fotografías y contesta a los periodistas. Respecto al Codex, sin embargo, ha dejado escrito que únicamente se sabrá de su propósito tras su muerte. O tal vez no. Para salir de dudas, impaciente lector, sólo quedan dos caminos. Uno es esperar. El otro, apresurar la apertura del testamento…

Un domingo mediado el año 1976, Luigi Serafini cogió unos lápices de colores, empezó a dibujar y observó sorprendido el resultado. Aquello fue el inicio de una enciclopedia universal que se desarrolló…Lee más...

Tres asesinatos literarios

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La pluma es más letal que la espada. A diferencia de ésta, las palabras pueden matar en la distancia o en el tiempo, como la magia, y si son lo suficientemente venenosas, incluso pueden secar el alma de su víctima, condenándola para siempre. A veces, las palabras también dan la vida y alumbran nuevas personas de papel que echan a andar por el mundo, más verdaderas que las de carne y hueso.

Arthur Conan Doyle no sabía de la misteriosa potencia de las letras cuando creó como divertimento a Sherlock Holmes en 1887. Al principio acogió con una sonrisa las muestras de cariño que recibía por las andanzas de su nuevo hijo, pero con los años Doyle se sintió prisionero en la tarea de imaginar todo un mundo para lucimiento del detective. "Sherlock, Sherlock… –refunfuñaba– Me carga hasta su nombre". La revista Strand exigía ansiosa más y más aventuras de Holmes, hasta que Doyle resolvió plantarse. Exigió una cifra exorbitante para que le dejaran en paz, y para su sorpresa, Strand aceptó. Doyle se enfrentó a la secreta decepción de ser el autor en lengua inglesa mejor pagado de su época, mientras sufría la tortura cotidiana de convivir con aquel hijo odioso…Lee más...

Los tentadores papeles de Beale

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Nuestra historia comienza con un fogonazo de luz. Es la puerta del Hotel Washington, en la virginiana ciudad de Lynchburg, que gira para franquear el paso a un forastero guapo, moreno y misterioso, como los de leyenda. Tres meses estuvo alojado, y las mujeres que cloqueaban junto a Robert Morriss, el dueño del hotel, apenas consiguieron sonsacar su nombre. Un buen día el señor Thomas J. Beale –pues así se llamaba– montó su caballo, picó espuelas, y marchó al trote por donde había venido. Su ausencia dejó un poso de expectación y aventura que quedó flotando, nostálgico, en la atmósfera del pequeño hotel. Pero para sorpresa de Morriss y alegría de sus huéspedes, el jinete volvió dos años después. Cargaba con una sólida caja de hierro que confió al dueño del hotel advirtiéndole que su interior guardaba papeles de suma importancia. Como en los cuentos, otros tres meses pasaron y el forastero volvió a desaparecer, esta vez para siempre. El señor Morriss se rascó la cabeza, dio una patadita a la caja, y la guardó a buen recaudo…Lee más...

El ilegible Codex Rohonczi

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De nuestro próximo libro apenas podemos afirmar otra cosa que existe. Nuestra ignorancia es tanta que ni siquiera estamos seguros de que sea un libro. Tiene su talla, sí. Usa tinta. La filigrana del papel sugiere que fue fabricado en Venecia a comienzos del siglo XVI. Aquí acaban nuestras certezas. ¿Quién es su autor? No se sabe. ¿Cuál es su título? Se desconoce. ¿De qué trata? Nadie ha sido capaz de leerlo. Irrumpió en la historia de los hombres en 1838, cuando el conde húngaro Gusztáv Batthyány vivía feliz criando caballos pura sangre en Londres. Cierto día, Gusztáv sintió un agradable cosquilleo patriótico y donó la biblioteca familiar de su palacio en Rohoncz a la Academia de Ciencias de su lejano país. El discreto librito asomó entonces, y no tardó en llamar la atención del bibliotecario que fatigaba sus páginas como el que se inclina por primera vez a un pozo demasiado hondo…Lee más...

La razonable biblioteca de Samuel Pepys

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El empelucado caballero que nos contempla tan digno a la derecha, atendía al nombre de Samuel Pepys. En vida fue un eficiente funcionario del gobierno de su Majestad el Rey Jacobo II de Inglaterra. Ya difunto, pertenece a ese fastidioso club de escritores que se han ganado un puesto en la historia de la literatura sin pretenderlo. El señor Pepys escribió durante nueve años un diario tan sincero que se mantiene caliente y cercano 340 años después, como si conociéramos en persona al autor y –encima– nos cayera simpático. Fue un hombre diligente, curioso y extrovertido, con sólo dos terrores en su vida. El primero era quedarse ciego y por eso interrumpió la escritura del diario, al que culpaba de arruinar su vista. El segundo, más punzante, era un cerval pánico a la señora Pepys, que no perdonaba sus infidelidades con las criadas y tronaba furiosa persiguiendo a su esposo por toda la casa…Lee más...

El hermoso Flammarion

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La condesa de San Agnes se moría. ¿Qué tenía la condesa? Agonizaba de tisis tendida lánguida entre almohadones y puntillas, blanca como el alabastro, casi translúcida. Lo sabía el servicio, que se había retirado al rincón más lejano de la casa a lavar sábanas y limpiar la plata. Lo sabía el marido, hosco y silencioso, que aparentaba llorar en la habitación de al lado. Y lo sabía el doctor Ravaud, que aguardaba el desenlace entre aburrido y conmovido, mientras caminaba a pasitos por la habitación siguiendo con la punta del zapato el dibujo de la alfombra. "Señor…", boqueó la condesa, "…debo confesarle algo".

El doctor era joven y apasionado, y en dos grandes zancadas acercó su cara al rostro de ella para escuchar mejor. Atendió al bisbiseo durante un minuto, tal vez dos, y de repente se irguió como un resorte –¿he dicho ya que era joven y romántico?– para exclamar indignado "¡Pero de ninguna manera, señora! ¡No, no!" Lee más...

El primer Corán

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Si exceptuamos la creciente secta de los ateos (y desdeñamos, por tibios, al informe rebaño de los agnósticos), la mayoría de los creyentes que caminan sobre la Tierra son seguidores de alguna de las religiones del libro. Están los judíos que siguen la Torá y barajan el Zóhar, que contiene el verdadero nombre de Dios. Los cristianos, por su parte, leen la Biblia, que no es sólo un libro sino toda una literatura. Pero los más afortunados son los musulmanes, porque tienen el Corán…

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Escala 1:1

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Observa bien estos enormes muros de papel. Al primero se le conoce como el Atlas del Gran Elector de Brandemburgo. Es una colección de 37 mapas pegados en cartones de 175 centímetros de alto y pesa más de 120 kilogramos. Impreso en Holanda a mediados del siglo XVII, justifica su tamaño por la obsesiva exactitud de sus mapas, aunque a veces se abandonaba a la poesía con dibujos coloreados a mano de escudos heráldicos, animales exóticos y cazadores caníbales. Tan grande era que, cuando los años lo volvieron achacoso…Lee más...

Los libros de Lilliput

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¿Por qué se permiten los libros microscópicos? Son fáciles de transportar y fáciles de guardar, razones que justifican la existencia de los libros de bolsillo, no la de sus pequeñísimos parientes. Para los que piensan que todos los libros nacen para ser leídos, los libros liliputienses no son libros. Así pensaba Bernard Shaw, cuando respondió con la carta más desagradable que pudo –y pudo mucho–, a la petición de escribir una historia que aumentara la biblioteca de la Real Casa de Muñecas de la Reina María, la abuela de Isabel II de Inglaterra…Lee más...

Los libros de Brobdingnag

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El uso ha pulido el invento de los libros hasta hacerlo insuperable. Son portátiles. Son muy baratos o convenientemente caros. No consumen energía una vez fabricados. Si son queridos, viven más tiempo que sus dueños. Cuesta creer que su diseño prosperara por los celos de la biblioteca de Alejandría, que no dejó que otros utilizaran papiro. Porque has de saber, lector, que antes del códice fue el rollo. Piensa en Plinio o en Tito Livio enrollando y desenrollando trabajosamente metros y más metros para leer ésta o aquella frase. Imagínalos consultando una historia o redactando una vida de los césares: los rollos abiertos cubriendo la mesa, tapándose unos a otros. Las largas tiras que caían al suelo de mármol…Lee más...

Libros demasiado humanos

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Los libros encuadernados en piel humana existen. No te extrañes. El hombre es un material muy aprovechable. Somos bestia de carga y herramienta, nuestra carne es comestible. Desde que nacemos maquinamos cómo utilizar al otro. Sólo era cuestión de tiempo que ese otro curtiera nuestra piel para descubrir así un cuero tan flexible y resistente como el del cerdo. Y los libros han vestido tantos ropajes… incluso piel de serpiente, morsa o tiburón.

Los ingleses, utilizando esa lógica insular que les da fama de excéntricos, bautizaron la afición a forrar libros con pellejos del prójimo como encuadernación antropodérmica. Un feliz hallazgo para definir el más exquisito sibaritismo o el simple mal gusto. Poca cosa queda hasta el siglo XVIII, apenas algunos pellejos resecos en alguna iglesia o museo. Fue en el Siglo de la Razón cuando…Lee más...

A modo de introducción

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LECTOR, si hallas
algo que te ofenda
en este modestísimo librito,
no te maravilles. Porque DIVINO,
y no humano,
es lo que no tiene falta.Lee más...