El hermoso Flammarion

La condesa de San Agnes se moría. ¿Qué tenía la condesa? Agonizaba de tisis tendida lánguida entre almohadones y puntillas, blanca como el alabastro, casi translúcida. Lo sabía el servicio, que se había retirado al rincón más lejano de la casa a lavar sábanas y limpiar la plata. Lo sabía el marido, hosco y silencioso, que aparentaba llorar en la habitación de al lado. Y lo sabía el doctor Ravaud, que aguardaba el desenlace entre aburrido y conmovido, mientras caminaba a pasitos por la habitación siguiendo con la punta del zapato el dibujo de la alfombra. "Señor…", boqueó la condesa, "…debo confesarle algo".

El doctor era joven y apasionado, y en dos grandes zancadas acercó su cara al rostro de ella para escuchar mejor. Atendió al bisbiseo durante un minuto, tal vez dos, y de repente se irguió como un resorte –¿he dicho ya que era joven y romántico?– para exclamar indignado "¡Pero de ninguna manera, señora! ¡No, no!" Lee más...
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Libros demasiado humanos

Los libros encuadernados en piel humana existen. No te extrañes. El hombre es un material muy aprovechable. Somos bestia de carga y herramienta, nuestra carne es comestible. Desde que nacemos maquinamos cómo utilizar al otro. Sólo era cuestión de tiempo que ese otro curtiera nuestra piel para descubrir así un cuero tan flexible y resistente como el del cerdo. Y los libros han vestido tantos ropajes… incluso piel de serpiente, morsa o tiburón.

Los ingleses, utilizando esa lógica insular que les da fama de excéntricos, bautizaron la afición a forrar libros con pellejos del prójimo como encuadernación antropodérmica. Un feliz hallazgo para definir el más exquisito sibaritismo o el simple mal gusto. Poca cosa queda hasta el siglo XVIII, apenas algunos pellejos resecos en alguna iglesia o museo. Fue en el Siglo de la Razón cuando…Lee más...
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