Una tragedia en Oriente

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La familia real de Nepal.
Nadie niega que Dipendra Bir Bikram Shah fuera un romántico. Adoraba Romeo y Julieta, y cuentan que era capaz de recitar de memoria largos pasajes con la mirada perdida en el vacío. En Verona contempló escandalizado cómo largas filas de turistas profanaban el balcón de la pareja, y juró a su sombra que el verdadero amor no debía doblegarse ante nada. No tenía nada de extraño. Dipendra era como un príncipe de cuento. Algún día reinaría en el remoto Nepal y su pueblo se postraría ante él, igual que reverenciaba a su padre, a quien tenía por Vishnú encarnado. Como en las leyendas, como en Macbeth, una profecía agobiaba los hombros del joven príncipe. No podía casar antes de los treinta y cinco años o un gran desastre asolaría el reino. Pero Virendra era joven y enamoradizo, y el destino quiso que conociera en una fiesta a la hermosa Debyani Rana mientras estudiaba en Inglaterra. La bella pertenecía a un clan enemigo, pero el príncipe ya soñaba con su sonrisa y anhelaba ahogarse en el pozo de sus ojos; nada tenía que ver con las grises y aburridas mujeres de palacio. Comenzaron a verse a escondidas de vuelta a Katmandú, y así, casi sin querer, echaron a rodar la tragedia.

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El enamoradizo Príncipe Dipendra (1971-2001)
La Reina no aprobaba el noviazgo porque odiaba a la familia rival y temía la ominosa profecía. Cuando supo de aquello, se irguió, ordenó, y todo el palacio se apresuró a buscar muchachas que contentaran al Príncipe y le hicieran olvidar el temido matrimonio. Como en todas las tragedias, nadie advirtió que el intento por evitar el destino que nos deparan los dioses se castiga justamente con aquello de lo que estamos huyendo. La oposición real acabó marcando a Dipendra. Empezó a beber duro y a fumar hachís, y la bella intentó en vano disipar su melancolía, acariciándole en secreto en los jardines reales o en casas cedidas por los amigos. Pero Dipendra no soportaba la humillación ni el rechazo, y juró ante sus padres que habría boda. Si así lo hacía, respondió la Reina de la voz de hielo, nunca ceñiría la corona del reino. El noviazgo pervivió pese a todo. A partir de entonces el Príncipe se negaba a esconderse y citaba a su novia en una pizzería de la ciudad. Allí la pareja vivía la ilusión del anonimato durante unas horas, y fantaseaba con perderse por las calles abrazados como cualquier pareja de enamorados, aunque todo Katmandú sabía de sus encuentros y de su triste historia. Todos los días, a las nueve y media, el Príncipe despedía a su novia y desandaba sus pasos para volver a palacio a emborracharse hasta perder el sentido.

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La hermosa Devyani Rana.
Interpretaron el último acto el viernes uno de junio de 2001. Con toda la familia reunida para la cena, el Rey Birendra reprendió a su hijo por sentarse borracho como una cuba a la mesa. Expulsó al Príncipe a sus aposentos, y éste desapareció ceñudo, dando tumbos en la oscuridad del pasillo. Volvió al de una hora, vestido con ropa militar y armado con un rifle y una metralleta. Bastó un simple disparo al techo para hacerse oír. Luego dirigió muy lentamente el cañón hacia el Rey, lo maldijo, y vació el cargador. Disparó a las confusas sombras que se escondían bajo los almohadones y las mesas, a los invitados y a las altezas reales que se arrastraban sobre los vasos rotos y las servilletas. Cuando su tío se abalanzó de un salto para arrebatarle el arma, un disparo a bocajarro lo lanzó al otro lado de la habitación. El Príncipe Paras tuvo la suficiente presencia de ánimo para volcar un sofá, salvando con aquel improvisado parapeto la vida de tres niños que chillaban entre los platos rotos y el vino derramado. La Reina y su hermano huyeron por los jardines en busca de ayuda, pero Dipendra los persiguió a la carrera, y consiguió matarlos antes de que pudieran hacer nada. Cuando el silencio volvió a posarse en el palacio, el Príncipe acercó el rifle a su cabeza, cerró los ojos y apretó el gatillo. Nueve personas habían muerto y cinco cayeron heridas en el transcurso de aquella velada, casi toda la dinastía real. Pero nuestra historia no acaba aquí, porque unos llorosos súdbitos comprobaron que Dipendra aún respiraba, y consiguieron transportarlo al hospital más cercano. El comatoso Príncipe fue coronado entre vivas nuevo soberano de Nepal y último avatar de Vishnú. Reinó en majestad tres días antes de morir, uniéndose así al selecto grupo de monarcas que ha soportado el peso de la púrpura menos de una semana. Por una vez, los astrólogos reales habían profetizado lo cierto.

La historia que os cuento está tan bien trabada, es tan literaria, que la simple casualidad no puede idearla. Quizás alguien, no necesariamente benévolo, se ocupa de imaginar argumentos que le distraigan durante la eternidad. Esta oscura sospecha de la existencia de un todopoderoso narrador es la prueba más concluyente que conozco de su presencia. Por lo menos, es tan válida como cualquier otra. El universo como un gigantesco argumento. Tal es el sentido último de la tragedia.

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