El otro Shakespeare

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William Ireland, falsificador y sentimental
William Henry Ireland echó a andar con mal pie. Su hermano gemelo murió al poco de nacer y desde entonces su padre, el señor Samuel Ireland, acostumbró a llamar al superviviente con el nombre del difunto. Empezar a vivir con un nombre prestado no dice mucho a favor del cariño que se le supone a un padre. Un día el niño volvió a casa con una nota de su maestro en la que decía que era demasiado estúpido para desperdiciar dinero en su educación. Aquel disgusto fue la confirmación de lo que ya sabían en casa: William era tonto. Un tipo de tonto, además, del que nunca podrían esperar nada provechoso. El padre no ocultaba su decepción, y uno adivina el ansia del adolescente al que todo le sale mal en su afán de agradar. Sintiendo haber cumplido con su deber, Samuel Ireland desterró a William al bufete del señor Bringley, donde le esperaba una larga y tediosa vida como escribiente.

El chico arrastraba sus pies por aquella oficina, contaba las grietas del techo y rascaba el papel con su pluma sin nada mejor que hacer. Así de simple empezó nuestra historia. Samuel Ireland era un apasionado devoto de William Shakespeare, del que leía sus escritos muchas tardes al acabar la cena. Un interminable día a finales de 1794, el joven recordó cómo suspiraba mientras miraba soñador a cierto armario. “Daría con gusto la mitad de mi biblioteca a cambio de su firma”, le oyó decir. Obedecer es la primera obligación de un buen hijo, así que el muchacho cogió la pluma, mojó la punta en una curiosa tinta marrón y comenzó a escribir. Ciento setenta y ocho años después, William Shakespeare había formalizado un nuevo contrato. El calor de la chimenea se encargó de envejecer convenientemente su obra. Todo estaba listo, y corrió al encuentro de su padre. Cuando el viejo tomó con manos temblorosas aquel presente, el joven observó por primera vez en su vida un brillo parecido a la admiración en sus ojos. Entonces supo que aquello apenas era el principio.

A partir de ese momento mágico, los hallazgos empezaron a derramarse como un torrente sobre la mesa de los Ireland. Apareció un pagaré, un borrador de carta, la profesión de fe de Shakespeare, correspondencia entre la Reina Isabel y el escritor, e incluso una tierna declaración de amor de Shakespeare hacia su esposa. Un precioso mechón de pelo redondeaba el tesoro. La coartada de William era un misterioso caballero, el señor H., que permitía al joven rebuscar en los papeles de su mansión sin hacer preguntas. Samuel Ireland tampoco quería hacerlas, ahora que recibía en su casa una interminable procesión de visitas, hasta el punto de tener que repartir entradas. Acudió el Príncipe de Gales, el Primer Ministro William Pitt, y todo el que era alguien en Londres. Incluso un pomposo caballero se arrodilló ante aquellas reliquias mientras ponderaba el inimitable estilo de lo escrito. Apoyado en la puerta del salón, el hijo contempló la escena con ojos pensativos.

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El fantasma de Shakespeare atormenta a la familia Ireland. En el suelo, el manuscrito de Vortigern.

Entonces William se supo autor, uno de los mejores, así que los hallazgos fueron cada vez más espectaculares. Un buen día su padre se encontró leyendo una nueva versión del Rey Lear convenientemente mejorada. En otro amaneció con el manuscrito de Hamlet –o Hamblette, como pudo comprobar el anciano que era el auténtico título de la obra–. No tardó en aparecer una obra inédita. Una tragedia titulada Vortigern, que los Ireland se apresuraron a llevar al mejor teatro de Londres. Pero el director del teatro consideró que aquella obra era indigna de Shakespeare, y pronto surgieron habladurías acerca de aquella interminable catarata de manuscritos. La puntilla fue la venta dos días antes del estreno de un libro rebosante de erudición que desmontaba una a una todas las falsificaciones. Ya era tarde para hacer nada, y aquel sábado lo mejor y buena parte de lo peor de la ciudad se agolpó ante las puertas del teatro para asistir al estreno del drama inédito del inmortal William Shakespeare.

La historia la recuerda como una velada homérica. Los primeros dos actos parecieron ir bien, hasta que algunos del reparto aparecieron borrachos, incapaces de dar golpes con la espada. El actor principal comenzó a improvisar y a lanzar guiños al público, y éste respondía agitándose como un mar tormentoso, a un lado los convencidos de la autenticidad de la obra y al otro los que la negaban. Eran tiempos en los que se bebía fuerte en el patio de butacas, y mediado el tercer acto un distinguido miembro del parlamento se puso en pie para vociferar mejor. En el cuarto, alguien subió al escenario y los dos bandos del público se enzarzaron en una guerra, arrojándose naranjas los unos a los otros. Alguien peló una y comenzó a repartirla entre los actores que recitaban los versos. En el quinto acto un hombre fue malherido por las pesadas cortinas del teatro y murió a pocos pasos. Ajeno a todo, el publico chillaba y reía, hacía el pino en los asientos y peleaba como nunca. Nadie ha osado representar Votigern desde entonces.

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Las confesiones de Ireland
Ni siquiera aquel desastre sirvió para convencer a Samuel Ireland de lo extraño del asunto, pero William, que en el fondo ansiaba descargar su conciencia, no pudo callar por más tiempo. Publicó una breve confesión en 1796 y una detallada narración de los hechos en 1805 que aún se lee con gusto, de puro entretenida. La rabia se llevó por delante al orgulloso viejo, incapaz de admitir que aquel cretino fuera el autor de las bellas páginas que atesoraba ni de que hubiera sido capaz de engañarlo. Por su parte, el hijo asistió a la paradoja de ver cómo su perspicaz padre creía todas sus mentiras pero se negaba a escuchar la verdad. El pobre William tuvo que huir de casa y malvivió el resto de su vida con la exigua ayuda de su pluma y la de sus deudas. Acabó falsificando sus propios escritos, pues los coleccionistas se los quitaban de las manos pensando que eran las falsificaciones “originales”. Todavía hoy se conservan siete copias de Vortigern y nadie es capaz de decir cuál fue la primera. Mientras escribía, William debió meditar pluma en ristre que a fin de cuentas, tonto en un mundo de tontos, no destacaba especialmente.

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